En los últimos 30 años se ha pasado de un estilo parental autoritario a
otro casi totalmente libre, donde niños y adolescentes deciden prácticamente
todo en el seno de la familia: desde qué comer, cómo vestirse y hasta donde
vacacionar. La respuesta de los padres a esto es “no quiero que sufra”, “si no
vamos adonde le gusta se aburre”, entre otras del mismo tenor. En ambos casos
el desarrollo de la autonomía queda trunco.
En el primero porque no se permite
la toma de decisiones contrarias a lo que dicen los padres y en el segundo
porque la total libertad impide el logro de criterios personales y sólo se
decide en función de lo que la persona quiere y desea, sólo por placer y no con
responsabilidad.
La autonomía, capacidad para decidir y valerse por sí mismo, no es algo
que venga dado desde el nacimiento sino una capacidad que debe desarrollarse
progresivamente como las habilidades humanas. La vida del hombre es libertad,
pero también es responsabilidad, son dos caras de una misma moneda.
Ser autónomo implica resolver problemas de la vida cotidiana, tomar
decisiones, analizar las opciones, tener criterios propios frente a las
situaciones que se presentan en el día a día. Estas actitudes se aprenden en
las prácticas cotidianas, qué cuento leer esta noche, qué ropa puedo usar, qué
tiene ganas de merendar…cada una de estas pequeñas decisiones ayuda a crecer en
confianza y responsabilidad.
Dejar que los niños tomen decisiones importantes para las que no han
desarrollado un criterio responsable, es poner en ellos un peso que
difícilmente pueden cargar si los resultados salen mal y es dejarlos solos en
un espacio que es de los adultos. Dejar que decidan para no verlos sufrir es
como querer que no crezcan.
Los padres quieren que sus hijos sean independientes, pero hacen todo
por ellos aún cuando esto implique quejas con respecta a la alta carga de
compromisos, traslados y organización familiar que implique.
Enseñar a
participar en las tareas del hogar, a caminar hasta el quiosco o ir en bici al
club se han convertido en actividades que generan en los adultos una alta carga
de culpabilidad y temor, impidiendo así que los niños y adolescentes sean
responsables del orden y la limpieza, que desarrollen herramientas para moverse
en la ciudad y tomar decisiones.
El mundo actual no es tierra fácil y es humano el temor de que los hijos
les pase algo, pero las calles siempre fueron peligrosas y de lo que se trata
la educación es dar a los hijos recursos para defenderse frente a potenciales
peligros sin asustarlos pero si ayudando a prevenir y pedir ayuda.
Cuando un padre o madre dicen, cuando yo no esté quiero que sea
independiente y autónomo pero no habilita espacios para el desarrollo de las
mismas está haciendo lo contrario de lo que pretende.
Estas virtudes se
desarrollan cuando el pequeño aprende a ordenar sus juguetes, a dejar la
mochila en su lugar a limpiar lo que ensució y a realizar algunas tareas que
facilitan la vida familiar como prepara la mesa para el almuerzo o lavar los
platos. Antes de ser un abuso, estas acciones promueven la participación de
todos en la vida familiar y la consciencia de solidaridad y ayuda mutua
necesarias para la vida en sociedad.
La
autonomía no aparece de un día para otro: se construye. Implica permitir que
los chicos hagan por sí mismos lo que ya son capaces de hacer, aunque eso lleve
más tiempo o no salga perfecto. Cuando no sale bien se debe enseñar a mejorar,
nadie nace sabiendo preparar la mesa o tender la cama.
Si estas virtudes no se desarrollan las personas se convierten en
tiranos convencidos de que el mundo gira en torno a ellos, que no deben ayudar
a nadie.
Las pequeñas frustraciones de la vida familiar, los “no” dichos a
tiempo, enseñan que sus derechos terminan donde empiezan los de los demás, que
no siempre se puede hacer lo que uno quiere y esto fortalece el carácter frente
a las frustraciones permitiendo levantarse de las caídas y volver a empezar.
Si no se promueve la tolerancia a la frustración dentro de la familia,
donde los límites y las responsabilidades son propuestos con amor y empatía, el
mundo se convierte en un lugar hostil y en el que hay que temer y desconfiar de
todo y de todos. Las personas se vuelven débiles e incapaces de afrontar las
dificultades del día a día y cualquier pequeño tropiezo puede provocar ansiedad
o depresión.
La
sobreprotección termina debilitando la autoestima infantil. “Si un adulto
resuelve todo por el niño, el mensaje que recibe es simple: vos solo no podés”,
coinciden los profesionales. Y ese mensaje, repetido sin intención, se
convierte en un obstáculo para construir seguridad interna.
En un
contexto donde los valores culturales invitan al placer y a la felicidad fácil
y sin esfuerzo, donde los chicos reciben estímulos permanentes, enseñar a
pensar por sí mismos es una urgencia. Fomentar la autonomía es, en definitiva,
un acto de confianza y amor: confianza en que cada niño puede, con
acompañamiento y límites claros, descubrir quién es y hacia dónde quiere ir.
Quién es,
para saber quién quiere llegar a ser descubriendo así el sentido de su vida,
reconociendo sus dones y habilidades. Saber hacia donde quiere ir para no
dejarse vencer por los tropiezos, levantarse ante las caídas y seguir andando.
Luciana Mazzei
Orientadora Familiar