Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>En este período la persona comienza a ver transformaciones en lo biológico, psicológico y espiritual. El ámbito seguro que antes era la familia se reemplaza por el grupo de pares, haciendo que el adolescente comience a poner en tela de juicio lo aprendido en casa. Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>En este período la persona comienza a ver transformaciones en lo biológico, psicológico y espiritual. El ámbito seguro que antes era la familia se reemplaza por el grupo de pares, haciendo que el adolescente comience a poner en tela de juicio lo aprendido en casa. Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>En este período la persona comienza a ver transformaciones en lo biológico, psicológico y espiritual. El ámbito seguro que antes era la familia se reemplaza por el grupo de pares, haciendo que el adolescente comience a poner en tela de juicio lo aprendido en casa. Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>En este período la persona comienza a ver transformaciones en lo biológico, psicológico y espiritual. El ámbito seguro que antes era la familia se reemplaza por el grupo de pares, haciendo que el adolescente comience a poner en tela de juicio lo aprendido en casa. Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>En este período la persona comienza a ver transformaciones en lo biológico, psicológico y espiritual. El ámbito seguro que antes era la familia se reemplaza por el grupo de pares, haciendo que el adolescente comience a poner en tela de juicio lo aprendido en casa. Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>En este período la persona comienza a ver transformaciones en lo biológico, psicológico y espiritual. El ámbito seguro que antes era la familia se reemplaza por el grupo de pares, haciendo que el adolescente comience a poner en tela de juicio lo aprendido en casa. Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>En este período la persona comienza a ver transformaciones en lo biológico, psicológico y espiritual. El ámbito seguro que antes era la familia se reemplaza por el grupo de pares, haciendo que el adolescente comience a poner en tela de juicio lo aprendido en casa. Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>En este período la persona comienza a ver transformaciones en lo biológico, psicológico y espiritual. El ámbito seguro que antes era la familia se reemplaza por el grupo de pares, haciendo que el adolescente comience a poner en tela de juicio lo aprendido en casa. Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>En este período la persona comienza a ver transformaciones en lo biológico, psicológico y espiritual. El ámbito seguro que antes era la familia se reemplaza por el grupo de pares, haciendo que el adolescente comience a poner en tela de juicio lo aprendido en casa. Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>En este período la persona comienza a ver transformaciones en lo biológico, psicológico y espiritual. El ámbito seguro que antes era la familia se reemplaza por el grupo de pares, haciendo que el adolescente comience a poner en tela de juicio lo aprendido en casa. Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>En este período la persona comienza a ver transformaciones en lo biológico, psicológico y espiritual. El ámbito seguro que antes era la familia se reemplaza por el grupo de pares, haciendo que el adolescente comience a poner en tela de juicio lo aprendido en casa. Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>En este período la persona comienza a ver transformaciones en lo biológico, psicológico y espiritual. El ámbito seguro que antes era la familia se reemplaza por el grupo de pares, haciendo que el adolescente comience a poner en tela de juicio lo aprendido en casa. Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>En este período la persona comienza a ver transformaciones en lo biológico, psicológico y espiritual. El ámbito seguro que antes era la familia se reemplaza por el grupo de pares, haciendo que el adolescente comience a poner en tela de juicio lo aprendido en casa. Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>En este período la persona comienza a ver transformaciones en lo biológico, psicológico y espiritual. El ámbito seguro que antes era la familia se reemplaza por el grupo de pares, haciendo que el adolescente comience a poner en tela de juicio lo aprendido en casa. Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>En este período la persona comienza a ver transformaciones en lo biológico, psicológico y espiritual. El ámbito seguro que antes era la familia se reemplaza por el grupo de pares, haciendo que el adolescente comience a poner en tela de juicio lo aprendido en casa. Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof
" rows="8" required>En este período la persona comienza a ver transformaciones en lo biológico, psicológico y espiritual. El ámbito seguro que antes era la familia se reemplaza por el grupo de pares, haciendo que el adolescente comience a poner en tela de juicio lo aprendido en casa. Necesariamente debe poner en consideración lo aprendido contrastándolo con lo que le muestra el mundo para decidir qué camino seguir.
En este período se dan tres movimientos internos:
el duelo por el niño que ya no es, sostener la persona que se es (con
habilidades, gustos, creencias y limitaciones propias) y la conquista del mundo
adulto. Estos movimientos van acompañados por todos los cambios a los que se
enfrenta y que debe aceptar como parte de su sí mismo.
Llamamos adolescencia precoz a la aparición
temprana (antes de los 11 o 12 años) de ciertas conductas o intereses propios
de la adolescencia. Es una adolescencia anticipada y casi artificial podríamos
decir, porque no surge de una vivencia propia de la persona sino de estímulos
externos que los empujan a vivir experiencias para las que aún no están
preparados.
Del mismo modo, vemos adultos que viven en una
adolescencia perpetua, que lleva a dejar de lado compromisos y
responsabilidades asumidos y empujando a sus hijos a esta adolescencia precoz.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿cuál es la
fantasía que tenemos como sociedad acerca de la adolescencia? Vemos cada vez
más niños y adultos vestidos como adolescentes, con comportamientos, bailes y
actitudes adolescentes. La adolescencia se ha convertido en la edad de oro,
deseada por niños y añorada por adultos.
Esto ya no sorprende pero sí preocupa. Los adultos
que no pueden salir de la adolescencia se muestran inmaduros, faltos de
responsabilidad y negados al compromiso.
Entre los niños, el uso de redes sin supervisión,
bailes sensuales, salidas propias de adolescentes como fiestas con estética de
boliche están a la orden del día. A los 9 o 10 años ya no juegan, buscan
emociones y experiencias propias de la adolescencia. Lo que alarma es que
muchas veces estas conductas están motivadas y alimentadas por los propios
padres.
Es cierto que el comienzo y fin de la adolescencia,
como de otras etapas de la vida no son algo inamovible, sino que es diferente
para cada persona, también es cierto que los medios de comunicación, el
consumismo, las redes y la necesidad de inclusión lleva a muchos niños a vivir
experiencias para las que aún no están preparados ni emocional ni
psíquicamente.
Al
permitir —o promover— que un niño asista a un boliche o fiesta con
características de tal, se saltea una etapa crucial y necesaria en la vida: la
infancia como espacio de juego, exploración segura y construcción de identidad
con tiempos acordes a su madurez emocional . Estos entornos, creados para
adolescentes mayores o adultos, suponen códigos sociales, estímulos y presiones
para las que un niño aún no está preparado.
Es
natural para un niño jugar a ser grande, vestirse y actuar como adulto, en el
ámbito del hogar es propio de la niñez, allí la persona va configurando su
identidad. Lo que no es propio es naturalizar esta adultización con actividades
propias de adolescentes o adultos. Una cosa es jugar a… y otra muy distinta es
exponerse a situaciones propias de personas más grandes.
Esta
adultización no es un signo de madurez sino una exigencia social que provoca
frustraciones, ansiedad, baja autoestima que pueden deirvar en dificultades
vinculares en el futuro. La falta de adultos que limiten y guien en esta etapa
deja a los niños solos en un mundo de adultos, niños que no han adquirido las
herramientas y recursos personales para afrontar los desafíos de este mundo.
Por temor
a dejar que sus hijos queden excluidos, a parecer autoritarios o anticuados,
muchos padres permiten y promueven la participación de los niños en estas
actividades, descuidando su lugar como adultos responsables, pierden su lugar
de contención y apoyo dejando a los niños a merced de modelos externos que,
lejos de transmitir valores, les exigen una identidad para la que aún no están
listos.
Como
sociedad, necesitamos revalorizar la infancia como una etapa valiosa en sí
misma, no como una antesala incómoda a ser acelerada . Y como adultos,
debemos animarnos a ser referentes que sostienen, que acompañan, que dicen “no”
cuando hace falta. Porque crecer no es sólo sumar años, sino transitar
experiencias con los recursos adecuados y en el momento justo.
¿Por qué algunos padres fomentan conductas adolescentes en
niños?
Vivimos en una época donde el "ser grande" se
valora más que el "ser niño". En este contexto, muchos padres —a
veces sin darse cuenta— fomentan conductas propias de la adolescencia en hijos
que aún están en la infancia. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
1.
Miedo al rechazo social
2.
Confusión entre
libertad y abandono
3.
Proyección de deseos no
cumplidos
4.
Banalización de la
infancia
5.
Presión cultural y
estética
6.
Falta de herramientas
parentales
El desafío: vivir cada etapa de la vida con alegría y
disfrute
Fomentar la infancia no es negar el crecimiento, sino
respetar sus tiempos. Los niños necesitan adultos que los protejan, no que los
empujen a ser grandes antes de tiempo. La verdadera tarea adulta es acompañar
el desarrollo de forma progresiva, marcando límites con amor, conteniendo y
guiando sin miedo.
Aceptar el paso del tiempo en la propia vida, recordando la
adolescencia como un tiempo divertido y sin demasiadas responsabilidades, la
juventud como un momento de desarrollo. Cada etapa vivida en plenitud nos
fortalece y abre las puertas de la etapa siguiente sin dolor.
Lic. Luciana Mazzei
Instagram: Lucianamazzei.lof